Visión trigésimo novena

Durante los últimos setenta años, mi vida ha consistido en un pendular de las cadenas al viento, del viento a las cadenas. Tengo una empresa de construcciones y destrucciones, Penélope hiperactiva.

No sigo, sin embargo, una línea preconcebida. La organización siempre se me ha dado fatal, y mi fidelidad, aunque brevísima, nunca fue hipócrita. Yo he creído en lo blanco y lo amé hasta que descubrí que amaba lo negro. Siempre puse en mi amor la totalidad de mi hígado, mis pulmones múltiples y completos, mi páncreas vertiginoso y delicado. Fue un amor romántico, como una noche azul.

Construyo castillos piedra a piedra. Sigo unas reglas muy estrictas en su orden cerrado y minúsculo. Si es necesario, me corto las piernas para entrar por sus puertas chiquititas. Ahí dentro hace calor y la limpieza relumbra en los mármoles cúbicos.

Pero luego vienen las mariposas y lo destruyen todo, con sus uñas feroces de espuma y luz. Todo vuela de repente y me encuentro en mitad de la pradera, en pelota picada. Aparecen entonces los centauros. Me dicen

somos tú

y cabalgamos hasta romper las ventanas de las monjas.

¿Qué más quieres?

Visión trigésimo octava

He salido a la calle y 2300 personas me han apedreado. Visten camisas azules y llevan orejeras de plástico. Me pongo a correr y me persiguen, con sus pies hinchados y transparentes.

Mientras huyo de ellos empiezo a encontrarme niños muertos a los lados de la calle. Nadie les hace caso, nadie se detiene para entregarles su respiración, aunque sea un poquito.

A veces me cruzo con otros como yo, que también huyen. 2300 personas van detrás de ellos, gritando y esgrimiendo palos, como reyes de baraja. Hay quien sube a un helicóptero para llegar antes al cadalso.

He visto de repente cómo los pies hinchados de mis perseguidores explotan y se convierten en masas de sangre y arena. No pueden moverse, pero yo tampoco puedo. Todo se ha detenido. Creo que la primavera no volverá el año próximo.

2300 personas me insultan. Sus ojos han dormido en un pozo de venganza.

-Nosotros no somos tú,

dicen.

Pero yo sé que se equivocan.

Visión trigésimo séptima

He venido hasta el rincón en que las palmeras cantan, muy desnudamente, los amores del cielo y de la tierra. No hay manera de hacerlas callar, de conseguir que sus voces se fragmenten como el espejo de los ríos.

Luego ocurre lo que ocurre, y del universo entero empiezan a caer estrellas, como peces fuera del agua. Yo he tenido algunas a mis pies, boqueando, exhaustas y confusas.

¿De dónde vengo?,

se preguntan.

¿A dónde voy?,

dicen.

Me gustaría explicarles que yo soy ellas, pero la boca se me ha tapiado –tan llena de sal la tengo- y solo puedo guiñar los ojos, tantas veces que los días se decuplican y ahora tengo 915 años.

Quisiera, al menos, que las palmeras me dijeran qué opinan de todo esto, pero ellas siguen con sus crónicas amatorias, erre que erre.

Visión trigésimo sexta

Un hombre se sienta en el andén y espera trescientos años el tren que conduce a la montaña. Cada vez que viene un tren, levanta las cejas y pregunta, pero siempre le digo

no, este tren llega hasta el mar.

También le digo

pero ven con nosotros.

Y también

nosotros somos tú.

El hombre espera trescientos años hasta que se convierte en un niño muy viejo que no sabe nada. Las manos ya no le sirven y se las corta con una cuchilla de afeitar que tampoco le sirve de mucho. Tiene los ojos de un blanco tan puro que parece azul.

Fue entonces cuando llegó el tren que iba a la montaña. Casi todos sus asientos estaban vacíos. Le digo

ven con nosotros, que vamos a la montaña. Ya ha llegado la hora.

Pero el hombre prefirió quedarse en el andén para coger el tren que iba al mar.

Visión trigésimo quinta

Aquí estamos los tres, con los campos delante, salpicándonos de incienso o de limón. Luego nos agarramos a un globo negro y echamos a volar.

No hay aquí nadie más que yo, que soy todos vosotros. Tengo tres caras o veintisiete o quizá cincuenta. Me duele la espalda, y no penséis que el pecho lo tengo muy sano. Debería dejar de leer.

La culpa es del tipo de las patillas que, malcarado, apunta con un cigarrillo al globo de marras, luego saca una cruz y mata mucho. No hay manera de escaparse en este mundo de rejas. Todos nos conocemos sin habernos visto nunca.

Hoy me gustaría no ser nadie más que yo.

Visión trigésimo cuarta

Sale del mar una medusa rubia, indisciplinada, libre. Echa a andar por entre las miradas curiosas de los rinocerontes.

Yo toco el violonchelo bajo la sombrilla. Algunos peces se acercan a escucharme, un poco adormilados. Las aves, a estas alturas, ya pasan de mí. Eurídice se ha quedado en casa.

Quisiera decir que me duele el hígado, pero no es cierto. El zumo de limón inunda las bañeras y una calma chicha viene de las dunas, finalmente inmóviles, fotografiadas por turistas rusos. La calma pesa en los pies, como un ataque de gota.

Me entran ganas de salir corriendo, pero siempre me quedo quieto, con mi violonchelo mojado y áspero. Hoy tampoco ha venido Godot.

Cuando me tumbo, definitivamente, veo cómo la medusa se aleja por donde se pone el sol. Los rinocerontes la observan, melancólicos y cachondos.

Yo soy ellos.

Visión trigésimo tercera

A veces vienen esos tipos, con sus cruces, sus montes, sus monedas un poco oxidadas. Yo querría decirles

yo soy él,

pero tampoco es del todo cierto. No se puede ser todo el mundo.

Montaré en bicicleta, mientras tanto, a través de los terremotos, los desiertos y quizá también de las tentaciones. Las manos se me ponen rojas de tanto pecar y luego no hay manera de trepar a los árboles.

Unos pocos se sientan a mirarme. Yo, por si acaso, estoy dispuesto a hacer el pino y a posar para la foto. Quizá, con un poco de suerte, alguien se acuerde de mí.

Me he puesto mi camiseta marrón. Luego me la he quitado. Luego me he puesto la verde. Me la quité. Me dejaré barba y pelo largo. Sudaré y bajaré a la piscina. Soñaré contigo, buscaré lo más profundo, me pondré un nombre, o todos los nombres y no sabré quién soy.

Hoy hace un día completamente azul.

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